S on las seis de la mañana con quince minutos… Seis de de la mañana con quince minutos. El interludio concluyo, la aurora se asomó por el marco de cedro; algunas aves trinaban a lo lejos cantándole al ojo rojizo que se asomaba de entre la montaña. Aquella era una gélida mañana. Despabilados se incorporaron de su lecho los amantes, soslayando todo al derredor; sólo ellos y nadie más habitaban el hogar en el que alguna vez yacieron cuatro; aquellos dos se encuentran ya a lo lejos, habitando en la cercana lejanía del recuerdo. Se vislumbraban uno al otro, y al hacerlo, veían en las ventanas de su cónyuge los años trazados: venturas, desventuras, aventuras, en fin… toda una vida. El despertador había anunciado la rutina. Aquel hombre bajó las escaleras que parecían galerías de arte surrealista, fetichista tal vez; invadida de fotos de los hijos, los nietos, hermanos, familia, del mismo modo que instantes antes lo había hecho ella, cruzando la salita llena de muebles rústicos t...
Escritos de Diego Aguilar