Nadas en el vacío Vacacionas en un baúl de recuerdos poco convencionales Y te preguntas del tiempo Del trabajo De los hijos Los amigos De pronto, el olor a café llama a tu puerta y trae atorado un montón de voces que ensordecen tu angustia, tu lívida voz de ataúd erguido, parado entre la niebla. Resplandeces. Recorres las calles de tu infancia en medio de plegarias de un eco abstracto, insostenible. Soslayas ya tu sombra teñida de criterios y pifias medio rotas. Haz buscado la raíz de tus males con el ojo cerrado, noctámbulo acreedor desencarnado, vestigio de onironauta encerrado en las fauces de un órgano plural. El om de los fantasmas sacude tu esperanza y te corta los brazos para que reconozcas que estás a gusto ahí, en la desesperante sensación de un yelmo aciago que no pronuncia más que una boca sin lengua. Gritas. Y es esa sensación laberintosa la que te hace ser, te hace sudar...
Escritos de Diego Aguilar