Nadas en el vacío
Vacacionas en un baúl de recuerdos poco convencionales
Y te preguntas del tiempo
Del trabajo
De los hijos
Los amigos
De pronto, el olor a café llama a tu puerta y trae atorado un montón de voces
que ensordecen tu angustia,
tu lívida voz de ataúd erguido,
parado entre la niebla.
Resplandeces.
Recorres las calles de tu infancia en medio de plegarias de un eco abstracto, insostenible.
Soslayas ya tu sombra teñida de criterios y pifias medio rotas.
Haz buscado la raíz de tus males
con el ojo cerrado,
noctámbulo acreedor desencarnado, vestigio de onironauta encerrado en las fauces de un órgano plural.
El om de los fantasmas sacude tu esperanza
y te corta los brazos para que reconozcas que estás a gusto ahí,
en la desesperante sensación de un yelmo aciago que no pronuncia más que una boca sin lengua.
Gritas.
Y es esa sensación laberintosa
la que te hace ser,
te hace sudar,
te hace dudar,
te hace durar.
Miras por la ventana
y la luz es eso,
aquel camino justo en frente
que no termina nunca
y lleva a todos lados.
La muerte es una vida
que no conoce error.
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