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El reino de Dios

El reino de Dios

"Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, abundancia y hambre"
Heráclito

L
a mañana del cinco de octubre de aquel día fue funesta, la iglesia del pueblo había sido tomada por fuerzas militares, sin que nadie se diese cuenta, y, sin que nadie pudiese hacer nada. Fue en la madrugada del mismo día que algunos pobladores de La encrucijada  aseguraron haber visto un convoy militar con rumbo al pueblo de Libertad; ubicado en un rincón de las montañas del sureste mexicano, apartado del ruido de la ciudad, lejos de las garras del capitalismo, y muy cerca de las manos de Dios.
     Como en todo pueblo, la religión y la fe son la ambrosía del vulgo; aquella mañana se torno trágica para los habitantes: campesinos indígenas, personas dignas y trabajadoras, que vieron corrompida la tranquilidad de Libertad y de su libertad. El pueblo se reunió en el centro, donde se encuentra su iglesia, con un enigma flotando sobre sus cabezas, la cuestión era ¿por qué?, la gente gritaba fuera del recinto, dirigiendo sus alientos hacia los hombres armados que custodiaban la casa de Dios, y la respuesta de uno de ellos fue "porque sí", seguida de una carcajada mordaz. 
     Los pueblerinos se retiraron inconformes y furiosos, convergieron en casa de Juan, uno de los campesinos y ahí plantearon la situación para encontrar una pronta solución. "Los guachos ya vinieron a jodernos, disque es orden del presidente municipal" dijo Ulises, "otro ratero, y este nos salió más cabrón, mirá que agarrar la iglesia. Eso no tiene madre" expresó Samuel. Así transcurrieron los intensos minutos de una brava discusión  que concluyó en una revolución.
El pacto estaba hecho y los campesinos fueron a sus hogares  para volver una hora después al punto del conflicto.  Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos con machete o azadón en mano y un solo propósito, gritaban exaltados exigiendo el desalojo de la iglesia y la liberación del párroco; la situación era cada vez peor, pues de la noche a la mañana como antojo de mujer en cinta, el gobierno municipal con ayuda del ejercito, se habían apoderado del santuario sin que nadie supiera la causa. Ante la protesta de la gente, los seres corrompidos que integran la milicia, contestaban de manera déspota, uno de ellos dijo: "estamos aquí porque su Dios no puede defenderse solo". Las personas desesperadas e indignadas comenzaron a trepar por las mallas con las que el ejército había rodeado la circunferencia de la capilla, los soldados hicieron uso de la fuerza que les otorga la burocracia capitalista, un joven campesino logró ingresar al recinto, y, de entrada por salida, evadiendo a los profanos, pudo ver lo que en el interior había; corriendo salió de ahí, cuando por fin salió comenzó a gritar para difundir lo presenciado: "¡son drogas, llenaron la iglesia de drogas!" gritó el joven, pues logró reconocer los paquetes de cocaína gracias a que días antes había bajado a otro pueblo, y en él vio un fragmento de un reportaje en la televisión.
     Al viajar la voz del joven a todos los oídos, los soldados abrieron fuego en contra de la población, sin distinción de género o edad; la gente corría tratando de salvar a sus familiares, trataban de salvarse todos, pues el pueblo es la familia. Intentaron atacar a los militares con sus rudimentarias armas, sin tener mucho éxito. Cuando los cañones cesaron de rugir y las balas de silbar, decenas de cuerpos se encontraban sin vida; rostros de niños y niñas que quisieron ser jóvenes, y de jóvenes que fueron hombres y mujeres, y murieron defendiendo a su familia, siendo asesinados con deshonor por el gobierno. Y qué hay de honorable en morir asesinado. 
     Algunos lograron huir y se internaron en la selva, en un intento por salvar sus vidas y pedir ayuda. Los militares con sus M-16 en mano también se adentraron, pero con el firme propósito de asesinar a los sobrevivientes para impedir que la noticia llegara a saberse. Teófilo, el chico que difundió lo percatado, era quien guiaba al grupo. Todos tenían el miedo sedado, y un coraje de aquellos que mandan al carajo cualquier impotencia. La persecución se tornó larga. La noche calló. De por sí las noches en la selva son peligrosas como para lidiar también con tiranos armados.
Los muchachos, exhaustos ya de la faena llamada supervivencia, se refugiaron en una cueva oscura, se internaron en lo más profundo de ésta con todo y su angustia, dejando fuera toda cobardía. 
     Incluso los animales salvajes de la selva, parecían más humanos que los militares que asesinaron a la gente del pueblo. De pronto Iván comenzó a llorar, era comprensible pues su familia había sido asesinada; su esposa e hijas, tiradas ahí, en la plaza del pueblo, ellas con tan solo cuatro y cinco años de edad, y su consorte de apenas veintidós, con el rostro sin vida y mirando al cielo, como quien ve con asombro el confín del firmamento. Celia, la más pequeña del grupo, con apenas trece años, ¡trece! Quién sabe si era el destino o mera superstición, pero... desde que ésta había cumplido los trece, su vida se había complicado de manera parsimoniosa hasta llegar al punto en que se encontraba, en condición de huérfana. Ella ahí, al fondo de esa cueva oscura donde los minutos parecían horas, enjugándose las lagrimas que ya para entonces eran piedras de fango en su rostro, en ese rostro de niña, de huérfana. "Cállense todos, escuchen; parecen pasos." murmuraba Irma, la mujer más grande del grupo. Se escucharon balazos, cinco tiros aproximadamente, seguidos de un grito de aquellos que yerguen el alma. "¡Dios santo, vienen a matarnos, vienen a matarnos!"  dijo ensimismada en una histeria tal, que erizaba los vellos de los presentes. El rugir de los cañones plasmaba en cada uno de los jóvenes dentro de la cueva, la brutal escena de la masacre suscitada aquella trágica mañana. Ana, una chica dedicada a Dios, y a las santas escrituras, rezaba el padre nuestro en voz baja una y otra vez con incesante convicción. "Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén..." 
     Los soldados desperdigados en la floresta, habían sido atacados por un jaguar, lo que provocó los disparos escuchados en la cueva, la criatura salvaje había atacado a uno de ellos, al parecer se encontraba gravemente herido, pues su alarido fue tan elevado que se esparció por la selva. También los militares se sentían inseguros en la jungla, ni siquiera sus rifles que tanto valor les había otorgado, los hacía sentirse a salvo. Serpientes, jaguares, movimientos y ruidos extraños de entre las ramas, y el aullido de los monos, como sirenas que anuncian el final, tomaban parte de esta demoníaca faena.
     El sol estaba por salir y se asomaba con cautela, como siendo cómplice de la huida. El pernoctar fue cansado. Los jóvenes salieron de la cueva silenciosamente, todos se cuidaban, "ni un muerto más" murmuró Teófilo, "tenemos que salir de ésta a como dé lugar. No llores Celia, todo va a salir bien." Nadie se imaginaba el final de la odisea. A paso veloz iban lidiando con su alma, que para entonces pesaba tanto, colgaba de un tenue hilo que sostenía sus vidas. Habían pasado ya tres horas aproximadamente desde que dejaron el claustro. Se encontraban a tres kilómetros del pueblo más cercano, el mismo en que los esperaban algunos soldados; todo se veía tan complicado ya, el calor amenazaba con quitarles la vida tarde o temprano, pero no existía la opción de rendirse, y a paso firme continuaron.
     La idea era ir por el camino largo, pasar La encrucijada y llegar hasta San Pascual Rey, todo esto antes del medio día, según cálculos de Iván, quien conocía muy bien la zona. Hacía casi una hora que no habían escuchado ruido ajeno alguno. De pronto… "¡ah!", gritó Ana, una serpiente la había mordido, "¡calma, calma! No grites, tranquila, nos pueden oír" dijo Ulises, mientras el resto del grupo con temor y preocupación se acercaron a consolarla. Intentaron sacar el veneno succionándolo con la boca, el tiempo era quien ahora tenía el control de su vida.
     Uno de los muchachos trepó por una gran ceiba, y, en la copa del árbol logró divisar el pueblo, se encontraban aproximadamente a 2 kilómetros, pero también logro ver que los militares estaban cerca, sus perros de caza los olían como si fuesen jugosos filetes. Ana se encontraba débil, y lloraba..., y lloraba, por el dolor quizás, o, sería tal vez el sentir las pisadas de la parca tras de sí. Los muchachos no se rendían. A paso ligero se apresuraban, en sus rostros se podía vislumbrar una sonrisa que se hacía clara a cada paso.
     Ya nada importaba. Lo habían logrado. El pueblo. Ahí. Se podían ver las primeras chocitas. El grupo se veía el uno al otro, con lágrimas deslizándose por sus rostros; eran lágrimas de alegría, de saber que todo estaba a punto de acabar. “¡Llegamos, por fin llegamos! ¿Lo ven? Les dije que lo lograríamos” dijo Iván, con los pies abultados y heridos, al igual que los de la mayoría del grupo. “Lo primero que haremos es ir a la iglesia, contarle todo al padre, y que éste nos ayude a llegar a la ciudad para contar lo que nos pasó” sugirió Teófilo; todos estaban de acuerdo, querían correr pero sus heridas no los dejaban. Se escuchaba en pleno silencio una canción proveniente de alguna casita, sonaba en la radio una canción que relajaba sus almas. Al final del viaje está el horizonte, al final del viaje partiremos de nuevo, al final del viaje comienza un camino, otro buen camino que seguir descalzos contando la arena. Al final del viaje estamos tú y yo intactos. Quedamos los que puedan sonreír en medio de la muerte, en plena luz... 
     Al entrar al pueblito observaron muy poca gente. Veían solo niños por las calles. Los miraban con la cabeza agachada. Ellos pensaron que debía ser por su aspecto, pues dos días en medio de la selva no limpian más que nuestros pecados. Pensaban que lo más seguro era que sus padres estuviesen en la iglesia. Sin importar el desdén, ellos se sentían como en casa. Se dirigieron al centro del lugar, hacia la iglesia. La canción de la radio seguía sonando. Al final de este viaje en la vida quedará una cura de tiempo y amor, una gasa que envuelva un viejo dolor. Las puertas de la iglesia se encontraban abiertas, como los brazos de un padre al hijo. Al llegar a la esquina vieron la misma escena cruel. En la plaza, sangre y cuerpos, muerte…, muerte.
               Sus sonrisas se fueron volviendo gestos tristes, lágrimas. Intentaron huir, corrieron en manera en que sus cuerpos les permitían correr. Pero era demasiado tarde. La primera bala fue escupida y acertó en la espalda de Ulises, luego vino la metralla. Uno a uno fue cayendo. En medio de su agonía, Teófilo, tomó la mano de Celia. Sus cuerpos fueron llevados con el montón, apilados allí, como animales, peor que eso, como algo que atenta con el bienestar de los demás, carroña. La melodía se escuchaba aún. Al final de este viaje en la vida quedarán nuestros cuerpos hinchados de ira la muerte, al odio, al borde del mar. Al final de este viaje en la vida quedará nuestro rastro invitando a vivir. Por lo menos por eso es que estoy aquí.
            El General fue informado de la captura y muerte de sus perseguidos. Éste a su vez informó a sus superiores, quienes buscaron la manera de ocultar lo acontecido.  Una vez más, no pasó nada en un pueblo que no existe. Es un secreto que sólo conocen el hombre y Dios. Y es que Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia.

Comentarios

Charles ha dicho que…
"los animales salvajes de la selva, parecían más humanos que los militares que asesinaron a la gente del pueblo"

tu relato me ha recordado la "lucha armada" de Sendero Luminoso en el Perú,

interesante
Diego Aguilar ha dicho que…
Te confieso que es parte de un sueño cuya sugestión fue provocada por imágenes en el aniversario "Zapata Vive". En él se expresa la represión por parte del capitalismo, digamos... un totalitarismo capitalista. Tengo que hacer algunas correcciones pero la esencia es esa. Gracias por tu comentario

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