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espertó. Abrió los ojos y vio la noche. Sintió frío, y supo que estaba vivo. Unas cuerdas desgastadas le ceñían pies y manos y las rompió con los dientes. Se incorporó. Toco un muro. Intentó recordar. Trató de hablar… y al no poder soltó un lamento de bestia herida. El tiempo pasaba y Valiant estaba cada vez más alterado. Retomó fuerza como quien se aferra a la vida. Recorrió las paredes cojeando. Palpó en una esquina un mueblecillo áspero, y en él un candelabro del cual emanaban arroyos sólidos. Sintió una puerta y ésta se abrió fácilmente. Absolutamente nada en derredor lo acompañaba. El camino le era infinitamente desconocido y la luz de la luna era custodiada por las negras nubes que rugían en aquel cielo infernal.
Se dispuso a partir. La lluvia gélida y el viento susurrante al unísono de lobos que dejaban ver sus profundas miradas en la oscuridad, produciendo parálisis al alma. No recordaba cómo ni por qué se encontraba ahí. Un dolor en el semblante y un sabor a sangre en la boca era lo que cargaba. La mirada perdida, trémula como su ser; los andrajos teñidos y un dolor insoportable que provenía del vientre. No comprendía. No recordaba el motivo de su faena nocturna. No sabía quién era exactamente; su nombre era lo único que tenía para saberse humano. Sus recuerdos no eran más que alucines incompletos, imágenes dadas subsecuentemente y provenientes de la nada.
Gruñidos feroces invadían su entorno. Buscaba el infeliz, amparo de las fieras hambrientas, y su sangre derramada invitaba al festín. Vislumbró refugio en una cueva; húmeda y segura parecía ésta. Temblando se dobló en llanto, pues su corazón no daba más. Frotaba su cuerpo con furia para contrarrestar el frío, y lamía su sangre en recompensa al dolor, mientras intentaba buscar el lugar adecuado para entregarse a su mal. Y así, seguro de hallar tregua en aquel inhóspito rincón, se dejó caer. Gota tras gota fluían sus lágrimas, tan saladas como un mar muerto. Gimoteaba sin cesar, y convulso, el lamento lo agotó hasta sumergirlo en la narcosis profunda. Pisadas. Las rapaces bestias oliendo el rastro de sangre habían llegado ya. Lo rodeaban como un amante a su amada y…
Abrió los ojos. Observaba borrosamente su medio que se multiplicaba una y otra vez hasta formar las piedras del muro. Pudo percibir apenas los discretos rayos de luz que se filtraban por la portilla de aquella especie de pozo en que se reconoció, y como la caricia repentina de un padre recto, así sintió el calor de aquellas radiaciones fugaces. Sentía el rostro abultado y dolor al gestionar. Cadenas lo retenían de cada extremidad al fondo del abismo. Ruidos humanos apreció en la superficie. Lanzó una consigna de ayuda, y en su lugar un sonido gutural emergió.
Húmedo era pues aquel hueco en que yacía. Mil y un cuestiones transitaban su cráneo, al unísono de mil y un enigmas. – ¿No puedes salir maldita rata? – pronunciaron las voces de arriba. Y con un sollozo confirmó lo dicho. – Lo hubieses pensado antes, pues nadie cuestiona la autoridad del Rey— prorrumpió otro hombre –. Ser diestro en la obtención de joyas ajenas no es un arte; y robarle el alma a su joya más preciada merece tal castigo --. Dos concentraciones de baba caían con desdén sobre su sien. – Morirás a primera hora, a la vista del sol y de la luna, del rey y del vulgo. Hasta el más miserable sentirá lástima de tu castigo --. “Qué he hecho yo”, pensaba el moribundo en su prisión. Las horas pasaron y aquel observaba el transcurrir del día, como se observa a la flor que se marchita. Recordó la pesadilla que había olvidado por convicción, determinando pues, que había sido su miedo y la sugestión del hoyo los causantes del terror. Con una carcajada malograda consoló su pena, al concluir que los lobos hubiesen sido el mejor fin que el mal que lo aguardaba.
La oscuridad se internó en su claustro. Pasos vehementes se escucharon. La portilla fue retirada. Una escalera se asomó y calló hasta hacer contacto con la charca. Risa macabra e imperiosa descendía con cuerpo de hombre encapuchado. Cortaron las cadenas y fue atado de los brazos con una soga que provenía de arriba. Remolcado como objeto fue ascendiendo el ente. La superficie presagiaba el final. Al llegar ahí una capucha oscura lo privó de la vista. Un frío cruel lo hacía desvanecerse. Por la fuerza fue empujado hasta la plaza central. Gritos de excitación se entonaban ahí: -- ¡ese fue el maldito que asesinó a nuestra princesa! --. Escalón a escalón llegó a la cima de la tarima. Alrededor del cuello sintió un anillo de cuerda que contenía la muerte en su interior. Una lluvia de injurias comenzó. Fue colocado en una superficie insegura. El crujir de madera se escuchó. El suelo se hundió. Sintió irse al vacío y…
Sus parpados tornaron a abrirse. Se encontraba inmerso en la oscuridad total. Escuchó ruidos que en ese momento le eran ajenos: ruidos agudos, rugidos imprecisos e ignorados. Gritos de personas que invadían sus tímpanos amenazando con destruirlos al igual que a su atrofiada mente. Confundido una vez más del nuevo entorno presentado, de no saber quién era, de saberse vivo y nada más.
Se levantó de su lecho con dolores en el cuerpo; dio cinco pasos hasta dar con unos trapos, los recorrió y se quedó perplejo de verse en esa caja sostenida en el cielo, de ver miles de luces como un hermoso incendio, dando cuerpo a la belleza fúnebre; de ver hacia abajo y no saber bajar; de ver personas devoradas por bestias de colores que rugían en grandes filas, presumiendo el grandioso orden del caos. -- Qué hago aquí -- se cuestionaba pensando, pero eso no lo llevaba a nada, por el contrario lo frustraba más. Resignado se propuso contemplar el horizonte y agradeció estar ahí, seguro, fuera de todo peligro, de haber dejado a los hambrientos lobos y la lluvia, y el frío, y la humedad, y la horca; sin embargo el dolor lo acompañaba: leve sentimiento de culpa inherente.
Comenzó a explorar con calma el lugar. El lecho era realmente cómodo, tal como si fuese una esponjosa nube de verano. Sus pulsaciones cardiacas bajaron hasta alcanzar la calma. Un interruptor le dio paso a la luz. Vislumbró un mueble cerca de su lecho. Un recipiente con agua se encontraba ahí. Abrió cuidadosamente la gaveta y encontró un objeto de metal, pequeño y pesado. Tardó en reconocerlo y supo que era su arma. Recordó que era militar. Todo parecía tan claro ya. “Malditas pesadillas que atormentan cruelmente la tranquilidad del ser”, refirió, pues había estado presente en numerosas batallas. Bebió el agua. Retuvo el arma y la observó como si fuese su cruz; la dejó sobre el mueble y se recostó en la cama.
Un suspiro profundo antecedió a su reposo. Se dejó desvanecer en los brazos de Morfeo, de pronto escuchó gruñidos. Abrió los ojos y vio la cueva y las sanguinarias bestias rodeándolo como un amante a su amada y… éstas se le arrojaron. Desgarraban cada parte de su cuerpo. Gritaba de dolor y veía su sangre brotar y su carne esparcirse en cada hocico. Un dolor inmenso lo asaltó hasta desfallecer. Sintió irse al vació y… al abrir los ojos no pudo ver nada. Una tensión en el cuello le impedía respirar. Escuchó nuevamente los gritos de la gente. Intentaba clamar desesperadamente y se contorsionaba de manera tan violenta que sus ojos se cerraban poco a poco. Sentía perder cada parte de su cuerpo rápidamente. En su delirio agonizante se perdió. Sus parpados tornaron a abrirse. Se incorporó precipitadamente. Tomó sin pensar su arma. Colocó el cañón dentro de su boca. Jaló del gatillo y… sus ojos se cerraron.
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