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Las gélidas llamas y el calor del hielo

S
on las seis de la mañana con quince minutos… Seis de de la mañana con quince minutos. El interludio concluyo, la aurora se asomó por el marco de cedro; algunas aves trinaban a lo lejos cantándole al ojo rojizo que se asomaba de entre la montaña. Aquella era una gélida mañana. Despabilados se incorporaron de su lecho los amantes, soslayando todo al derredor; sólo ellos y nadie más habitaban el hogar en el que alguna vez yacieron cuatro; aquellos dos se encuentran ya a lo lejos, habitando en la cercana lejanía del recuerdo. Se vislumbraban uno al otro, y al hacerlo, veían en las ventanas de su cónyuge los años trazados: venturas, desventuras, aventuras, en fin… toda una vida.
El despertador había anunciado la rutina. Aquel hombre bajó las escaleras que parecían galerías de arte surrealista, fetichista tal vez; invadida de fotos de los hijos, los nietos, hermanos, familia, del mismo modo que instantes antes lo había hecho ella, cruzando la salita llena de muebles rústicos tallados en caoba, un librero mediano con libros abuelos. En los muebles se figuraban animales de porcelana, personitas felices, más cuadros familiares y, uno que otro boceto que él había trazado en su juventud. Se acercó a la mesa de forma cautelosa, mientras la mujer servía el desayuno (punto de partida hacia la jornada). Él, comió, bebió y le confirió un beso en los labios resecos, aquellos que alguna vez humedecían más que sus sueños, para después dirigirse a su auto. Ella, lo bendijo con una afable sonrisa, tomó sus alimentos, sus objetos, su auto, y condujo hacia su faena diaria, ya que con los años, las palabras sobran. La cafetera quedó silbando al interior,  y la estufa consolándola con su calor.
Metrópoli codiciosa que enajena la natura, esta quedaba a media hora de su lecho. El camino era tortuoso, lleno de curvas y peligros, sin embargo deslumbrante a la vista. En la trigésima tercer curva, él, pudo ver a la orilla un gran perro negro recostado con la vista al cielo, el mismo que cada mañana veía retozar entre las cercas de la Quinta Lougbert; ahora pasivo, inerte; su pelaje aún brillaba con los rayos del sol, esto le trajo recuerdos, (más recuerdos, la vida está infestada de ellos, aun no existe repelente capaz de suprimirlos). Ella, iba pensando en tantas situaciones que tenía que afrontar, mientras libraba el camino serpentusoso hasta las fauces de la gran ciudad que por tantos años consumió su vida. Al pasar por la Quinta, también logró observar  la oscura bestia cautivadora, y se lamentó verlo así, cadenciosamente muerto.
Él, llegaba a la puerta de su oficina y saludaba a sus camaradas de manera convincente. Ella, se adentraba al taller y veía fijamente la foto familiar en el fondo de la habitación, aquel rincón de sueños (¡más recuerdos!). La víspera había sido aguerrida, conflictiva, insegura, fría. Cronos se paseaba por la urbe orgulloso de sí; trajo consigo la noche, verdugo de miserias y osadías, padre de algarabía y descanso. La cafetera se había cansado de llorar y la estufa de consolarla, ahora sólo susurraba, lentamente. Él, tomó de nueva cuenta su auto y se dirigió a casa, fatigado ya de tanta mierda, la misma mierda que lo hacía vivir. Ella, se despidió como siempre, con la misma sonrisa implacable que escondía el porvenir. Encendió el coche y condujo a casa. La metrópoli había abierto sus miles de ojos desde hacía dos horas. Al pasar por la curva de la Quinta, los faros de ambos dirigieron la mirada hacia la bestia dormida. Llegaron a casa y sin hablar fueron al lecho. Onírico presente repentino y audaz habitaba después del buenas noches amor y el envolverse en las frazadas de lana que contenían el frío. ¿Qué pasaba por la mente de ambos, de cada uno de ellos? Quizás… recuerdos… más recuerdos.
Son las seis de la mañana con quince minutos… Seis de de la mañana con quince minutos. El pasado no sirve de mucho cuando el presente pesa aun más, y aunado al trabajo atrasado que les esperaba, era casi insoportable. Como cada mañana se incorporaron y bajaron las escaleras. No había tiempo para alimentos. Tomaron sus respectivos vehículos y condujeron hasta Babilonia, lugar donde sus almas pertenecían esclavizadas desde hacía décadas. Al pasar por la Quinta, observaron al canino ahora acribillado por los rapaces, los intestinos de fuera y su sabia derramada en el asfalto. La misma máscara sobrepuesta en aquellos rostros de antaño, añejada ahí desde quién sabe cuándo, sus manos y mentes hábiles, soslayando el frío se adentraron al trabajo. Un manto volvió a cubrirlos y los parpados a separarse como centinelas. El pulmón de la estufa estaba desfalleciendo, su vaho ligero se impregnó en cada pared, en cada rincón, en cada cuadro. Él, con una gripe que golpeaba su interior optó por subir a la cama. Ella, con un dolor social insoportable en la testa, no quiso saber más y acompañó a su esposo. Ambos cerraban los ojos después del buenas noches  y el beso que albergaba más convencionalismo que amor. Sueños, nada mejor que ellos para saber que existimos…
Son las seis de la mañana con quince minutos… Seis de de la mañana con quince minutos. Maldito reloj desensoñador que nos recuerda que la vida no es sueño y que los sueños, sueños son. Él se levantó con los ánimos de un minero del siglo pasado. Ella, despertó con un gesto a medio dibujar que reflejaba el disgusto del cielo. El buen día, se queda con los sueños. Bajaron las escaleras y atravesaron la galería sin hambre, con hambre. Esta vez el beso fue largo, desinteresado, como esperando encontrar allí el alimento deseado, como lo era en un principio. Sin palabras, sin falta de ellas, retomaron fuerzas el uno del otro y montaron sus bestias de aluminio y fibra de vidrio. Al pasar por la Quinta, el perro se encontraba completamente deforme, aquello era irreconocible, excepto el olor a muerte, perfume universal del cual todos somos parte; únicamente las patas revelaban su origen animal; ni pelaje quedaba ya, unas cuantas bolas de nudo apenas visibles y nada más. Cada uno llegaba a su excremento vitalicio portando las mismas máscaras de siempre. Él, se apresuraba a llenar papel tras papel; firma tras firma la tinta se derramaba como la sabia del perro. Ella, pisó a fondo el pedal y moldeaba lo que sus manos imaginaban a una velocidad sobrehumana. Cronos se paseo parsimonioso y simpático. El pulmón de la estufa exhaló sus últimos alientos. El manto tornó a cubrir el mundo. Los miles de ojos brotaron nuevamente. Él se despidió. Ella se despidió. El subió al vehículo. Ella subió al vehículo. Ellos condujeron a casa. Introdujeronse cansados de la faena. Ella, encendía una vela aromática cerca de la sala. Dirigiéndose a su habitación subieron peldaño a peldaño suavemente. Él se abrigó, y la abrazó al llegar. Buenas noches, se escuchó, acompañado de un muack efusivo que antecedió a la narcosis. La pequeña llama azul se fusionó con el vaho de la estufa hasta formar un pequeño torbellino del mismo color. La mesita de centro se consumía poco a poco exhalando su exquisito aroma a caoba, los sillones le acompañaron. Los rostros de la abuela, el abuelo y los nietos sonreían desesperada y distorsionadamente hasta hacerse carbón, los bocetos seguían el ejemplo a falta de voluntad. Las llamas lamian la alfombra, la devoraban poco a poco. El remolino azul escalaba y acariciaba los pasamanos, las paredes, los cristales de los cuadros se rajaban y goteaban, dando el efecto de estar llorando en el rostro de los hijos. Lentamente subía hasta ellos el abrazo frío de las llamas, sin tocar a la puerta, sin avisar, como debe ser la muerte, sin dolor, sin ironías ni juegos, mortal…sutil. El aliento de la estufa los había dormido antes que las llamas llegasen a jugar a su lado. Todo era tan pasivo ya. Sólo el viento acompañaba a los amantes en la gélida noche, la noche del sueño…
El oxigeno se agota en el pesado sueño, el sueño es etéreo e intangible. Cada noche bajo la luz de plata, comienza la erosión del desvelo alternativo, como carbón que alimenta el subconsciente, de una máquina de vapor creadora de sueños. Y me quedo sin calcio hasta llegar a la muerte. Y vuelvo a despertar en esta vida.
Sin más rutinas, solamente sueños, sueños y nada más. El camino de serpiente albergaba recuerdos desde las cenizas, hasta la gran ciudad. Y del perro de la Quinta… ya no quedaba nada.
       

Comentarios

Lluvia azul ha dicho que…
Leí tu relato hace tiempo ya. Quizá hace seis meses o más. Lo primero que sorprende es el oxímoron, título atractivo que denotará más adelante a los dos personajes. El inicio me hizo recordar un cuento de Bradbury –cuyo título olvidé- y las últimas líneas el final de la cinta Nicotina.
Estas referencias se afianzaron más con la figura del perro. A finales del mes de junio- me parece- encontramos con una amiga un can putrefacto y enorme a la orilla de una carretera cuyo nombre no quiero acordarme. Ese perro nos turbó. Y lo sigue, hasta la fecha.
El cuento es muy bueno en substancia. La forma podrás pulirla después.

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