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EL LUGAR DE DONDE VENGO

 No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir… Facundo Cabral.

 ¡Qué lluvia más colérica! Espero pase pronto. Hola. Me llamo Ximena. No soy de acá y al parecer usted tampoco. Vengo de un pueblo lejano cubierto de niebla, de risas y café; eso es por lo menos lo que opinan los lugareños, y es que la verdad es que es así: frío pero cálido a la vez, hermoso pero misterioso, pequeño pero ahíto de belleza. Perdón, siempre me inundo de nostalgias al hablar de aquel lugar. Y es que hace años que no vuelvo. Y mira que hablo y hablo, disculpa nuevamente. En fin, pero tú cómo te llamas. --- Me llamo Héctor y soy de… - de dónde le digo que soy. Toda la vida de un lado a otro, todo el tiempo dentro del tiempo y la cara me arde de no saber quién soy. Me parece mal mentirle inventando algún lugar, aunque sé que aquel lugar que habitaba hace… hace algunos días, hace algunas vidas quizás, me encantaba, me llenaba de alegría pensar que en aquel sitio nos quedaríamos para siempre. Para siempre. Esas dos palabras resuenan como ecos interminables dentro de mi cabeza, es una cacofonía irremediable, indestructible, irrevocable, inverosímil, pues de in en in sólo me resta agregarle: inservible y, gracias a Dios invisible, pues para siempre es la frase condenatoria y la causante de mi desgracia, de mi herrantería absoluta. Ahora que lo pienso no sé qué rayos hago aquí. No sé tantas cosas, no sé siquiera por qué lo hice. Estas manos no pueden hablar, ni mis pies contar lo caminado. Alicia, mi vida. Por qué nos tuvo que pasar esto en un momento tan maravilloso de nuestras vidas. Tú estabas eligiendo el vestido en aquella vitrina deleitosa, elegante. Recuerdo que yo estaba en la oficina, faltaba poco para el ascenso y teníamos tantos planes, tantas ideas, tantos sueños; tontos sueños. Aquel salón tan enorme en el que habríamos de celebrar nuestras nupcias la gran noche, nuestras familias. Recuerdo que don Ricardo no me aceptaba, pero era normal después de tantos hartazgos de mediana convivencia cotidiana. Nunca he sabido el origen de mi fortuna, pues nunca me ha salido algo mal, prueba de ello era el haber conocido a Alicia. Recuerdo el día en que la vi por vez primera en el edificio. Era una mañana nublada afuera, pero adentro con su presencia, el entorno era soleado, iluminado por su catártica sonrisa epifánica, la cual al proyectarme, pronosticó una larga vida juntos. Ella era mediana, de tez clara, ojos sonrientes, y yo calculaba una conexión mística entre los ojos y la boca, pues parecían sonreír al mismo tiempo. Me dirigí a la fotocopiadora para verla más de cerca, quizás en un roce accidental poder sentir su piel, pensé. Y así fue. Ese contacto causó un efecto onírico, cuando su rostro se fijó en mí con una sonrisa absurda de tan irreal y divina. Era demasiada suerte para un tipo como yo. Bueno, eso era antes, puesto que ahora soy un perro estival, una sombra edípica, soy nadie, soy nada. Si tan sólo hubiese sabido que padecería por un infortunio tan grande como el que cargo, nunca hubiese sonreído tanto. Recuerdo perfectamente aquella noche en la que acordamos una cena, la primera de tantas que habrían de haber. Alicia y yo, ya éramos una familia, sólo faltaba ese último paso: la boda. Una cena familiar… familiar, esa palabra también me suena extraña, puesto que nunca tuvimos una en casa. No tengo ese concepto más que como algo teórico. Aquella noche estaba irremediablemente pletórico de dicha, y nerviosismo a la vez, pues aquello con lo que alguna vez soñé estaba a unos minutos de comenzar. Mi escritorio de cedro estaba recién ordenado: lapiceros en la derecha, lápices a la izquierda, una figurita tribal sobre la esquina frontal y una elegante placa con mi nombre escrita en ella tomaba su sitio al frente, todo y cada uno de esos objetos mandados a hacer por mí. Recuerdo muy bien mi escritorio, reluciente. Fueron 15 pagos mensuales en aquella tienda lujosa del centro, mi placa. Todo para sentirme más cerca de mis sueños. Era difícil acomodar todo eso en mi oficina de 1.30 x 2.0 metros. Saqué de la gaveta una corbata color vino que acababa de comprar, y me la coloqué tan hábilmente que no pude ni creer qué tan perfectamente estaba puesta sobre mi cuello tan fina prenda, pues había pensado en darme el lujo a sabiendas de tanta felicidad. Salí de mi oficina y por el corredor de la derecha tomé el ascensor que me llevaría hasta la gloria, hasta el último piso. Estaba nervioso, sí, un poco, un poco, no mucho. Tan sólo de recordarlo me dan escalofríos. Tiiin. Ese sonidito presagiaba la belleza de nuestra prosperidad, mía y de Alicia, de nosotros, de nosotros dos. Salí del elevador y tomé el pasillo de la izquierda. Una alfombra color vino me acompañaba hasta el final de aquel largo corredor elegante. Al fondo estaba la reluciente puerta de caoba tallada a mano. Toc-toc. ¡Pase! – La impresión de estar ante ese señor tan imponente, ante el dueño de mi vida, ante mi futuro suegro, ese juez que en su semblante brutal encerraba a un anciano conocedor de la vida y protector de su familia.- Lo recuerdo muy bien. No sé cómo pasó. Entré y saludé respetuosamente, mansamente. El señor estaba de espaldas hacia su ventana y lo noté muy cambiado. Me puse más nervioso, mucho más, juro que nunca me había puesto así. Él me dijo algo que no olvidaré jamás: “escúchame bien. Estoy enterado de todo… ” Cuando dijo todo, mi piel se henchía como si miles de sanguijuelas asquerosas succionaran mi esencia perturbada para deshacerme. “Sé que estás detrás del desfalco de acciones que acontece en la empresa. Y déjame decirte muchachito bastardo que nunca permití ni permitiré que un don nadie como tú me venga a ver la cara.” ¡Lo dijo! Dijo bastardo. En la casa éramos cuatro: mi hermana, mis padres y yo. En realidad no sé si eran mis padres, nunca lo supe. Ellos murieron hace 13 y 16 años respectivamente. Mi hermana vive, lo presiento, pero da igual, ella también me desdeñaba. Mi padre decía que yo no era hijo suyo, que mi madre lo negaba pero que era cierto. Mi padre en realidad era un borracho, un borracho con convicción, y fue esta misma convicción la que con el tiempo convenció a mamá y a Lisa, mi hermana. Aquel era un secreto a voces. Los compañeros de la primaria y secundaria me decían así: bastardo. No creí soportarlo pero con el tiempo uno se acostumbra, sabía que no contaba con ellos ni con nadie, sólo conmigo, conmigo y con nadie más. Esto era lo que me bastaba para ser feliz. Sin embargo nunca he sido egoísta, he buscado cariño y lo he dado a montones, ese he sido. Mi vida cambió cuando todos nos separamos físicamente, pues separados ya estábamos. Nunca fuimos una familia, nunca tuvimos cenas familiares, pero aquella ocasión lo volví a escuchar. Esa palabra olvidada ya, tirada en un rincón olvidado de la memoria. “! Esto se acabó. El compromiso se cancela y tú te puedes ir a la mierda ¡ ¡Me has llevado a la ruina!” Hablaba con una seguridad impertérrita. Quién fue el que le metió esas ideas al viejo, no lo sé, pero mi vida estaba destrozada. No me dejaba hablar, no me dejaba decirle que eso no era cierto. Estaba furioso como cuando Dios mira a sus hijos displicentes de tanto pudor desencarnado. Mis palabras eran cortadas por su griterío inmediato. No sé cómo pasó. No sé porque lo hice. No lo sé. Don Ricardo se me echó encima a modo de bestia o demonio que se encamina a la deriva. Yo no lo esperaba, no lo veía venir. Sentí sus brazos regordetes de burgués y sus manos suaves de director de una gran corporación trasnacional. ¡No sé cómo pasó ni por qué ni cómo lo hice, pero lo hice! Nos arrastramos o mejor dicho, me arrastró por su oficina, que de haber sido como la mía no hubiese sido tanto el sufrimiento. Mis manos trataban de separar las de él pero parecía un trabajo imposible. Trastabillando por su librero logré coger un pisapapeles en forma de cabeza maya, lo recuerdo bien. Lo tomé y comencé a golpearlo en la cabeza. Aquel acto fue mera supervivencia, pero era algo más. Aquello era una revolución, la cultura sublimada era el arma para acabar con la vida de aquel privilegiado dominante. Eso fue todo. No sé por qué lo hice. El cuerpo estaba tendido en la alfombra, una alfombre persa bellísima en la que ni una gota se había derramado jamás. Ahora se veía teñida de sangre. Lo recuerdo bien. Aquel señor sólo prorrumpió una última palabra: Maldito. Él fue el causante de mi pena, él y nadie más. Él me maldijo. No sabía lo que ocurría, pensé que era un sueño y salí muy perturbado. Llevaba su sangre en mis manos. Caminé rápidamente hacia el elevador y marqué el primer piso. En el tercer piso se subió Marian, una colega de redacción. Cuando me vio en la situación de hipercrisis se vio contagiada y gritó. Tuve que empujarla y seguir mi travesía escalones abajo. Las piernas me temblaban. La alarma se escuchó como un coyote hambriento que corre por los prados para obtener su presa. Corrí como pude y salí por la puerta de carga en la bodega. Me escabullí en el callejón de la 8ª avenida y contuve la respiración. Las sirenas me llamaban para matarme, quise llorar pero no sabía en realidad qué sentir. La ignominia se mezclaba con la ira y esta a su vez era relevada por la impunidad. Quería ir corriendo a decirle a Alicia que todo había sido un accidente, un malentendido, un mal sueño. No tuve el valor. No tuve el valor de decirle qué era lo que en realidad había pasado. La policía me buscaba en toda la ciudad, me convertí en el enemigo público número uno del estado, y esto lo supe cuando llegué a la siguiente ciudad. Pasé dos meses dentro de un hostal a las orillas de san Juan, comí lo que pude y trataba de ayudar a la familia para recompensar algunos gastos y ganar honestamente el alimento, porque yo no era ningún asesino, era el prometido de Alicia. Alicia era la única luz que me acompañaba en la vigilia. Los siguientes seis meses los pasé viajando en el tren con rumbo al norte. Ese tren, tan cargado de nostalgias, de historias… de sangre. Lo que en esos meses aconteció es indescriptible. Las personas que allí conocí eran grandiosas, quién sabe qué fue de los gemelos aquellos que venían del Salvador, que triste vida la de aquellos muchachos, estaban huyendo como yo, todo por haber defendido a su hermana de unos pandilleros y firmar con este acto su sentencia de muerte. La señora Flores era una mujer encantadora, tal como me hubiese gustado que fuese mi madre: atenta, cálida, preocupada, risueña. Cuando la pandilla de Veracruz la raptó, lloré tanto que no pude más que maldecir mi desdicha. Juré que no le hablaría a nadie para no crear nexos que después se rompen al caer de tan frágiles que pueden llegar a ser. Con el paso del tiempo me convertí en ermitaño y mi barba fue tal que de mí no podían sospechar más que de ser un flipado. Al llegar a Tijuana me vi envuelto en embrollos que sólo un hombre desquiciado podría soportar. En cloacas viví por alrededor de 3 meses, y fue un 30 de septiembre cuando me sentí con el suficiente desamor por la suerte, que me propuse buscar algún empleo y cambiar de identidad. Decidí ser alguien nuevo, un hombre. Qué había sido antes de ser hombre, no lo sé. Un ente con suerte hasta aquel día supongo. Me fui a un pueblo lejano, que de tan lejano era árido e inhóspito. Me dediqué a ayudar al contador del pueblo y fue así que me hice de algunas ropas decentes. Fue en el invierno de ese mismo año que me sentí con más valor de lo usual y decidí dedicarme a la contaduría por mi cuenta, este último paso me situó en una ciudad pequeña al otro lado de la frontera. Algunas cicatrices y el tiempo mismo habían hecho de mí otro sujeto también por fuera. El caso seguía abierto y mi otro yo seguía vigente en alguna parte. Hace 4 meses que llegué a la ciudad de México. Todo se encuentra muy cambiado ya. Mi carne es de maíz y es en esta tierra condenada donde tengo que estar. Un periódico Reforma, un paraguas roto y la solicitud de empleo de Héctor Petreli son mis compañeros. Esta parada de autobús es el mejor refugio para los amaneceres. Mucho gusto. Yo soy de… ¡¿señorita?!

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