A Mario, “el cocodrilo”.
Pasarán las horas llenas de angustia en medio del atardecer
fútil
Como bestias que temen la caricia salvaje de las rocas
Pasarán los hermanos los aliados
los profanos
Tornarán las flores al bulbo de su vientre
En el centro universal de los caminos que no llegan a
ninguna parte
Volverán los ojitos
en gota de las mujeres amadas
Los labios
sempiternos que alguna vez te contuvieron
Los brazos los tentáculos del naufragio último del que
fuiste pasajero
La niña blanca que celosa te niega el abrazo
Porque eres el niño-hombre que jugó a ser el dios de las
anomalías
Porque eres el humano que imperfecto se postró ante la
planta de sus pies
Que tus lágrimas no sean más que una risa furiosa en medio
del desastre
Que los tatuajes de
tu cuerpo sean el mantra
La clave única
del secreto que no pudiste revelar.
Que tus manos contengan el tacto más allá del tacto
Que tus pies
puedan sentir el sórdido
El anhelante
latido de la tierra
Que tus ojos sean el cepo de los sueños
De la vida
De la vida.
Y que vos fulgurante
anémona profunda
Cojas el sextante y
veas por fin
El recóndito
El abismal sustrato de tus ojos
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