Trágica profesía la de un mundo al revés: los que
estaban a salvo fueron condenados, y el condenado fue el único que se salvó.
E. G.
A Eduardo Galeano
Cuántas veces no te condenaron a cortarte las venas, a
llevarlas abiertas, a sangrar sin desgana, a sellar pactos rotos, a reír con
las sombras. Y vos no te negaste, aceptaste estoico el augurio, el rastrojo de
anhelo, de libre albedrío que sembraste en los ojos de todo aquel que veías.
Hace un par de nostalgias que cediste
al clamor del aire escéptico, después de denostar tantas angustias, de saborear
la lluvia y los viñedos, de aprovechar la luz de entre las sombras, de sembrar la semilla sin importar el costo, de amontonar
semblanzas y recuerdos, sobre noches sin sueño, sobre penaltis, penas y penales,
en fin… daguerrotipos puros.
Cuántos abrazos diste allá entre
líneas, con la mente inflamada de ovaciones, por cada uno de tus compinches, en
cualquier rincón de la palabra. En las paredes quedarán tus sombras como numen,
para aquellos que creen en la vida.
Allá va el cantor de la palabra,
el hijo de la América, el ecléctico sol de mediodía, fulgurante retrato de
Ángel gnóstico que comprendió de dios su devoción.
Cómo diablos no leerte siempre,
si en cualquier intersticio te alojas como incendio y tu calidez es muestra de locura,
de amorío, de sapiencia, de milagro, de la cura.
Quién pronunciará ahora las
palabras: Ojalá no haya muerto en vano
ese otro Galeano: yo lo continuaré, de todos modos.
Hasta siempre Galeano, hasta
siempre!
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