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Hay un Dios en mis entrañas

La pasividad es percepción de vacuidad en el cimiento de los días.
Hay un Dios en mis entrañas.
Cuando los rayos del sol queman el rostro, no existen aleluyas en el infinito ni astros en el cielo y quizás Dios se oculte también bajo mis pies.
A suerte, la percepción y la paz existan sólo cuando del fuego no queden más que cenizas y de la suerte se sepa fue el relámpago.
Por las cenizas no podré abogar más, pues polvo soy y al éter pertenezco.
La pasividad es percepción de la vacuidad en el cimiento de los días.
Hay un Dios en mis entrañas y eso no significa que la lluvia me reinvente o que el ombligo del mundo sean mis ojos.
A veces los peces se convierten en pescados y es allí cuando muere la mar, una parte de ella imposible resarcir, es en éste punto en que las palabras consuelan con cierta zalamería la putrefacta herida.
Qué será de mis manos cuando jale el gatillo, cuando corte la soga y respondan los gritos ya añejados, convertidos en eco.
Para qué lamentarse si mi mundo muere también conmigo.
Para qué discernir en prolegómenos si de la vida en muerte se sabe demasiado.
Ah! Pero quién te asegura que no cumpliste el fin desde éste lado; que fue tuyo, y para cuando lo entiendas, mil veces muerto habrás llegado a comprender que sigues vivo.
Decidle, animado, que el dibujo que eres fue también de otro autor y las manchas se esparcen o se borran, pero no permanecen más allá.
Estupor de los días, hay un Dios clavado en mis entrañas.

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