Los pasos se escuchan,
hay marcas en la tierra
que exigen un resguardo
en la memoria.
La sinfonía que causa
el eco de tu voz
o el roce de tu boca,
es como un huracán
de indómitas entrañas
que restablece el mundo
en medio de las sábanas.
El tiempo que resguarda
tu mirada,
es el aliento que contienen
mis manos.
Los intersticios cálidos
que mi boca contempla,
son tu carne y mi carne
en medio del clamor.
Mi religión es tu vientre,
es el vaho que predico
al recorrer tu espalda
hasta llegar al templo
donde confieso todo
y busco un asidero
allá entre tus cabellos.
El temblor nos reclama,
nos reclama la sangre.
Tu cuerpo sobre el mío
es ya un lugar abstracto.
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