Era más de media noche y el cadáver de José no aparecía. Hacía no mucho sabían que tenía que llegar, pero el lapsus de esperanza llegó para su agotado compañero de espera; tuvo que cesar. José no llegaría. ¡Clock!, ¡clock!, ¡clock! Remataba el sonido del reloj en los oídos de Sofía, cuando de pronto la puerta crujió estrepitosamente y de la obscuridad brotó una voz que decía “¡Mamá, ya llegué!”.
I Amanece en lo profundo de mi memoria y canta, amanece claro en tus pupilas, amanece y palpita en la carótida, en la cara de mis viejos, en la cicatriz también amaneció, sin embargo la costra se ha extinguido y las cicatrices no son más que otra historia, una ya vieja, desencarnada, precisa en el abismo de los ayeres en los que el sol no llegó. II Desperté después de haber invocado una sonrisa y la hallé en el pedestal de los augurios. Númen exquisito aquellos ojos, tengo que tributarlos con un beso¿Cómo ignorar ya los amaneceres, si en noches ulteriores te soñé? III Amenaza el día una nube pasada y un evento fortuito es este viento. Pasajera esa nube se transforma en una nube más de aquellos cielos en que crepita al sol con nuestra llama. IV Claudica la nube y llueve y llueve en el rostro del niño que juega a ser un ave o quizás un ángel Llueve en la avenida en que corriendo a prisa van las personas sobre su pueril sonrisa al llegar al siguiente arco Llueve tambi...
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